Fue Marco Polo quien trajo a Europa noticia de los hashshashin, grupo armado especializado en el asesinato político, que dirigía el Viejo de la montaña desde el inexpugnable castillo de Alamut, el Nido de águilas, anclado en las montañas del Líbano al sur del mar Caspio.
Para mantener la cohesión en su tropa, el Viejo utilizaba una técnica en apariencia efectiva: drogaba a los aspirantes a integrarse en la secta, quienes despertaban en un hermoso y secreto vergel rodeados de huríes danzantes, frutas, manjares, agua, frescor…, todo cuanto un humano podía soñar en aquella época encontrarse en el Paraíso. Luego se les narcotizaba de nuevo para tornar al castillo y prometerles que cuanto habían vivido era una minucia comparado con lo que se podía esperar de morir en acto de servicio.
El veneciano afirma haber visitado el castillo en 1273 y en él, su famoso jardín de los sueños, sin embargo, Marco Polo no es fuente fiable y en este caso no se muestra digno de mayor crédito. Cuando dice alcanzar la fortaleza, ésta ya hace diecisiete años que se ha rendido sin resistencia a los mongoles que la arrasan para no dar oportunidad a sus enemigos de reocuparla.
Lo cierto es que un siglo antes que Marco Polo, un judío español, Benjamín de Tudela ya habla de los asesinos y del Viejo que los dirige, pero sin situarlos en Alamut, sino en Kadmos.
Hasta el mismo nombre de hashshashin, del que se supone derivada la palabra "asesinos", plantea dudas. Es cierto que significa "consumidores de hasis" pero, en la época, era un término común utilizado para referirse a gentes de vida marginal, no necesariamente a criminales y, por tanto, no justifica la leyenda que vincula a la secta con el consumo de estupefacientes.
Otra etimología distancia aún más ambos significados. Se refiere ésta a Hasasin, como forma de nombrar a los seguidores de Hasan, (Hasan-i Sabbah), el Viejo de la Montaña.
Amin Maalouf, prefería suponer su origen en la palabra asasiyyin, es decir, fundamentalistas.
Los hashshashin pertenecían a la escisión islámica ismailita, una secta minoritaria entre los chiítas, que ocuparon lugares montañosos de difícil acceso con la intención de extender su doctrina en Irán y Siria, cuestión que fue vista como una amenaza por parte de los sultanes turcos iraníes quienes emprendieron campañas militares contra ellos.
A la muerte del califa fatimí Al-Mustansir, se desata una guerra por la sucesión al trono entre sus hijos Musta'li y Nizar. Los ismailitas forman en el bando de Nizar que es quien sale finalmente derrotado, provocando la ruptura entre éstos y los seguidores de Hasan-i Sabbah, a quienes se conocería desde entonces como nizaríes.
Los crímenes nizaríes se llevaban a cabo a plena luz del día, con preferencia en la explanada de las mezquitas y a la salida de la oración, cuando la víctima se encontraba rodeada de testigos y protegida entre el gentío. Por lo general, hacerlo de esta manera suponía la captura y muerte del asesino, por lo que la fama de fanáticos suicidas siempre acompañaba a la secta.
El nombre de nizaríes es demasiado genérico. La hermandad criminal se llamaba así misma "al-da'wa al-yadida", que viene a significar: "Nueva Doctrina", y a quienes practicaban los asesinatos "fedayin": "los dispuestos a morir por ella".
Su estrategia de crímenes políticos como forma de defensa y manera de imponer su voluntad, junto con su fama de asesinos implacables ante los que no sirven guardias, escondites, ni fortalezas, crece con la muerte violenta de personalidades relevantes. Durante el cerco de la ciudad siria nizarí de Masjaf, el propio jeque de la secta se introdujo en tienda del mismísimo Saladino eludiendo todo sistema de vigilancia para dejar junto a su lecho un presente de dulces acompañado con una nota: "Estás en nuestras manos". El caso es que, leyenda o no, a partir de ese momento las relaciones entre Saladino y los nizaríes mejoran notablemente.