-Échame un cuartillo blanco -me ordenó el pequeño del Tete al otro lado del mostrador. Éramos casi de la misma edad y desde la tarima sólo alcanzaba a verle el flequillo y los ojos.
El Tete y su recua vivían en las chabolas tras el edificio de la taberna.
Durante mucho tiempo su único trabajo fue la rebusca de chatarra en los campos de tiro de Somosaguas, hasta que un día, un mal día, una granada de mortero sin explotar le retiró del oficio.
Siempre le conocí con su pierna de madera -la mejor de las dos, según él, porque era de haya-, la manga de la camisa pulcramente plegada sobre el codo, cosida con imperdible, y el ojo izquierdo cerrado en un guiño eterno.
En el colegio de monjas, dos bloques y un solar más allá, al comenzar unas interminables obras, le recogieron como guarda.
Tenía en el patio escolar una caseta de tablones y uralita donde pasaba la mayor parte del día..., y de la noche, cuando el codo, el único sano, se le quedaba empinado más tiempo del habitual. Entonces le fluía la savia paternalista y, cinturón en mano, intentaba encauzar a la chavalería por el camino recto.
En esos momentos, su señora, porfiadora y chula, se le plantaba delante, y asiéndolo por el brazo íntegro, lo mandaba a dormir a la obra... De cualquier forma, allí tenía más comodidades que en casa.
De la caseta a la taberna no habría tres minutos a paso tranquilo, pero a media mañana llegaba el Angelín para comprar el cuartillo y llevárselo al padre en la hora de la comida. Un rito cotidiano.
-Tengo dos entradas de entresemana para el Extremadura. ¿Te vienes el viernes?
-¿Qué echan? - buscó el anuncio fijado con chinchetas -Ca..., sa...
-Casablanca -le ayudé.
-¿De qué va? ¿De guerra?
-De espías, me parece.
-Bueno... Cuando salgas del colegio nos vamos a ver las carteleras.
-¡No lo cojas de ahí! ¡Me cago en el demonio! -tronó mi padre que en ese momento regresaba de la cocina-. El vino de las frascas es para el chateo; el de la calle lo sacas de la garrafa. ¿Cómo hay que decírtelo? ¿Te crees que me voy a pasar el día rellenándolas para tu comodidad?
El Ángel dejó la una cincuenta del vino sobre el estaño del mostrador. Al llegar a la puerta se volvió:
-A las siete, ¿eh?
-Vale.
Guardé el dinero en el cajón mientras buscaba el embudo con que llenar las frasquillas en un intento, vano, de que mi padre dejase de mirar de aquella manera.