(Fragmento de "La cripta de los templarios")
-Si todo debe tener un principio, supongo que éste sería hacia el siglo XI, cuando estaban en pleno apogeo las peregrinaciones a Roma y a Santiago de Compostela y el mayor gozo que podía sentir un cristiano era llegar hasta Tierra Santa y postrarse ante el Santo Sepulcro en Jerusalén.
"Para tan difícil y peligroso viaje, se seguía un camino preestablecido a lo largo del cual se levantaban hospitales y hospederías que mitigaban, en parte, las fatigas e incomodidades del extenuante camino.
"En aquel entonces, Tierra Santa estaba en poder de los califas abbasíes, gobernantes de Bagdad, quienes, pese a profesar la religión islámica, no tenían inconveniente en consentir a los cristianos la visita de unas tierras que eran sagradas para ambas religiones. ¿Motivo?... la fuente de saneados ingresos que suponía la llegada continua de peregrinos, similar a la que produce hoy en día su explotación turística.
"Esta situación se mantuvo hasta mediados de siglo, cuando los turcos selyúcidas, integristas fanáticos, se apoderaron de todo el territorio. A partir de ese momento, comienzan a llegar a Occidente pormenorizados relatos de las atrocidades cometidas por los turcos contra peregrinos cristianos.
-¿Por eso se organizaron las cruzadas? -preguntó Venancio mientras se servía otra taza de café.
-Sería ingenuo afirmar que fuera ése el motivo por el que se gestó la primera guerra santa pero, dejando a un lado los intereses políticos y económicos del momento, fue el que con más fuerza arraigó en el corazón del pueblo, provocando un torbellino de fervor religioso.
"En el Concilio de Clermont, en Francia, el papa Urbano II ofreció la remisión de todos los pecados a quienes se enrolaran en una peregrinación armada para liberar los Santos Lugares de manos infieles. La acogida de la propuesta superó todos los límites imaginables.
"La falta de coordinación hizo que, al amparo de la peregrinación oficial, floreciesen otras populares formadas por masas ingentes de fieles que recorrieron Europa asolando villas y aldeas en busca de comida y pertrechos. La más representativa de ellas fue la acaudillada por Pedro el Ermitaño, un predicador iluminado, que arrastró a una multitud fanatizada hasta el valle de Dracón, en el camino de Nicea, donde, atrapados por los turcos, sólo las mujeres y los niños útiles para los harenes, se libraron de la muerte.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Kiko:
-Voy un momento al coche a por algo de abrigo.
-Si quieres dejamos el relato para mejor ocasión -ofreció el profesor.
-De ninguna manera; en seguida vuelvo.
Minutos después estaba de regreso con una corta pero acogedora manta de viaje que distribuyó entre los hombros de su amiga y los suyos y de esa forma, arrebujados bajo el ropaje, se dispusieron a seguir el hilo de la historia.
-La Santa Peregrinación oficial...
-¿No se llamaba cruzada? -interrumpió Venancio.
-Los peregrinos cosían una cruz roja simple sobre sus túnicas como símbolo de haber abrazado la cruz y por tal causa se comenzó a llamarles croisaders -cruzados, en francés- pero eso ocurría en el siglo XIII y el uso de la palabra "cruzada" no se popularizó hasta el XVII, pero, si lo prefiere, a partir de ahora, utilizaré ese nombre.
Venancio se alzó de hombros quitando importancia a la cuestión.
-Pues bien, esta primera cruzada, tres años después de ser convocada, llegó a Jerusalén.
El 15 de julio de 1099 conquistaron la ciudad tras un cruento asedio.
"Después de esto se pudo recobrar la ruta de peregrinación pero..., siempre hay un pero ¿verdad?, una vez cumplido su objetivo de liberar los Santos Lugares, los cruzados ansiaban regresar a sus tierras junto a sus familias en Occidente, amenazando con dejar desprotegidas las conquistas.
"Por fortuna, aproximadamente trescientos caballeros, segundones de casas nobles, y algo más de un millar de infantes, decidieron establecerse en el nuevo reino de Jerusalén. Una vez conquistada Tierra Santa, los peregrinos podían hacer de nuevo la ruta, sin dejar de pisar tierra cristiana, hasta llegar a la ciudad costera de Jaffa. Desde allí hasta Jerusalén, les esperaba un camino hostil y accidentado donde eran víctimas de las bandas de ladrones que asolaban el territorio.
-¿Y no podían poner policía o algo así? -interrumpió Kiko.
-El rey de Jerusalén no contaba con la suficiente gente de armas como para hacer cosa semejante. Acuciado por la tarea de mantener el reino, no podía garantizar la seguridad de los peregrinos en una ruta que únicamente se aliviaba, en tramos, por la presencia de la Orden monástica de San Juan del Hospital, encargada de recoger enfermos y proporcionar alojamiento seguro a los peregrinos.
-Entonces aparecieron los templarios -Marta sacó una mano de la manta para apartarse un mechón de cabello rebelde-, ¿verdad?
-Así las cosas, un buen día, entre 1115 y 1118, dos caballeros, uno francés, Hugo de Payns y otro flamenco, Godofredo de Saint-Omer o Saint-Adhemar, se dirigen a Balduino II, con la intención de formar una original orden monástica dedicada a la custodia y protección de los caminos.
"Aunque sus efectivos son más bien escasos -entre siete y nueve caballeros, que junto a escuderos y sirvientes no superarían la treintena de personas-, el rey acoge la propuesta con los brazos abiertos y asigna como cuarteles para los Pobres Caballeros de Cristo, como se hacen llamar, las mezquitas de Koubet al Saqhara y Koubet al-Aqsa, emplazadas en el solar del antiguo Templo de Salomón, de manera que popularmente se los llamó Caballeros del Templo -Temple, en francés-, y por ende, templarios.
"Siempre andan atareados. Cuando no están luchando o protegiendo los caminos, entre ellos el extremadamente peligroso de Cesarea, celebran oficios religiosos, como monjes-soldados que son. El pueblo llano los respeta, sin embargo los religiosos los soportan mal: ni los soldados pueden ser monjes, ni éstos deben verter nunca sangre humana.
"Esta situación ambigua cambia a partir de 1127, cuando Hugo de Payns viaja a Europa en busca de la solución. Bernardo de Clairvaux, que con el tiempo sería san Bernardo Claraval, utiliza su enorme prestigio ante el papa Honorio II para echarles una mano... y, desde ese momento, se puede decir que la Orden del Temple queda oficialmente establecida y recibe un aluvión de caballeros y señores que, donando sus bienes a la Orden, desean integrarse en ella.