(Fragmento)
Los mexicas nunca dan, ni esperan, guerra por la noche, por eso no se les ocurrió que intentáramos abandonar la ciudad en una negrura que para ellos, y nosotros, estaba habitada de seres infernales a los que siempre es mejor arrinconar en la ignorancia del sueño, pero si han de presentar batalla, no curan por eso de dejarlo para otro día.
Pronto comenzaron a llegar canoas por el lago, desde donde nos flechaban tirando al bulto. Por suerte aún no eran muchos, la oscuridad les estorbaba, y nos pudimos defender bien dellos y mantenerlos a raya. Pero lo peor, que dije creíamos tener allí, apareció en realidad cuando terminábamos de pasar la cuarta puente.
Desque mandara Cortés una avanzadilla a ver cómo de derruida estaba la calzada, hasta ahora que la queríamos pasar, los mexicas la habían roto por dos sitios más. Por eso, para llegar a la aldea de Popotla, que ya es en tierra firme, y antes de llegar a Tacuba, hubo que salvar estos rompimientos entrando en las aguas. Por suerte no eran tan profundas que no se pudieran cruzar.
Así llegaron a su salvo un buen puñado de capitanes y soldados que iban en vanguardia. Cortés dejó en unas casas a un grupo de castellanos al mando de Jaramillos para que cuidara de las mujeres principales, entrellas mi doña Flor, y de los clérigos, luego regresó en cabeza de los jinetes para ayudar a los que quedaban detrás, pero, ¿qué podían aprovechar los caballos en el lago?
Cuando tornaron, el pontón que salvaba las aguas profundas estaba hecho añicos, y era tal copia de canoas que entraban, que los mexicas nos estorbaban por todos lados.
Las cabalgaduras que llevábamos detrás, salvo alguna que tenía la habilidad de nadar, se ahogaron todas. Los tiros de pólvora, que de nada nos servían ahora, también se perdieron. La lucha en la calzada se hizo de un cuerpo a cuerpo que no tenía fin. Tantos matáramos, tantos llegaban para ocupar sus puestos, y ya no curaban de querer tomarnos vivos sino que, en viendo alguno en el suelo, le llegaban luego con piedras y le rompían la nuca. Para el poco sitio que teníamos, aprovechaban más los puñales que las picas y los dientes que las espadas.
La yegua con el oro del rey había desaparecido de mi vista, pero, ¡que el diablo la llevara!, ya nadie miraba sino por sí mismo, y se luchaba no por fama de ganar plaza y rendir al enemigo, sino por guardar la propia vida, que es la peor forma de hacerlo, porque el horror de la muerte pone un velo sanguino en los ojos, y ya no se es un soldado, ni siquiera hombre, sino fiera capaz de romper a cualquiera el cuello a dentelladas.
Aquella era la lucha que se daba; sin ver el rostro del enemigo en la noche, tirando tarascadas adelante que tanto encarnizaban en enemigo como en amigo. Uno solo pensaba en abrirse camino hacia la orilla, o donde debiera esta de quedar, porque, tan desorientados andábamos que muchos se iban al agua pensando que pisaban tierra, y otros se arrojaban a ella sin curar del oro que guardaban bajo la armadura, y una vez que llegaban al fondo, allí quedaban para siempre. Algunos hubo que peleaban de espaldas a la orilla por creer que quedaba delante.
Y el fin del mundo pareció llegar entonces.