(Edición colectiva de cuentos del Premio Silverio Lanza 1993)
Resulta placentero, al menos a mí me lo parece, tornar a los orígenes para recordarlo todo como soñado en blanco.
En aquellos años, la recopilación de "Lancianos" apareció en el 94, yo no conocía a ninguna de las autoras o autores con quienes compartía páginas. Hoy, pasado el tiempo y la inocencia, me alegra descubrir, revisando el libro como quien repasa un álbum de fotos antiguas, que algunos de ellos lograron que se les reconociese un lugar en la literatura actual. Tal es el caso de Ángeles de Irisarri (ya había leído yo en esa época una encantadora obra suya titulada "Toda, reina de Navarra", que me reconcilió con la novela histórica), o de Lorenzo Silva, cuyos personajes Bevilacqua y Chamorro, entre tantos de otras novelas y libros de viajes, siguen llenándome horas de lectura en cada nueva aparición.
(Fragmento)
Hasta allí llegaban enfermos de cuerpo y derrotados de alma, en busca de alivio para sus dolores, a los que ayudaba con pócimas y reconfortaba con historias que conocía y otras que inventaba.
Sanaba sus infectas heridas con moho arrancado de las frutas podridas. Cortaba sus hemorragias con la limpia tela de las arañas y curaba el tracoma de sus ojos con el fétido lodo de los pantanos, para demostrarles que incluso en lo más inmundo se podía conseguir bondad. Pero nunca le entendieron.
Llegó un tiempo en que eran tantos los que a él venían para consultarle que no poseía remedio para todos.
A los pies de su cueva se erigió una ciudad de madera y pieles de cabra donde se mataba la espera con juego de dados y gritos de prostitutas. Hasta sus oídos llegó el entrechocar metálico de las peleas a cuchillo y la verborrea vana del regateo de los mercaderes.
Comenzó a llover eternamente y bajo la capa de la noche se escuchaban los lamentos de aquellos que yacían heridos en el barro estéril.
No encontró forma de mostrarles el camino; entonces fue consciente de cuánto camino le quedaba aún por recorrer.