© Manuel Nonídez, 2006-2012
El cementerio de las estrellas
(Novela negra para jóvenes)
Transcurre el siglo XIV, y un falso peregrino se dirige a Compostela para realizar un encargo que puede estremecer los pilares de la cultura occidental. Pero antes de que pueda llevarlo a cabo, alguien le traiciona.
A partir de ese momento da comienzo una persecución implacable para tratar de arrancarle el secreto..., y la vida. En nuestros días, más de seiscientos años después, Kenya y Roberto (13 y 14 años) tienen una afición poco usual para su edad: se dedican a explorar edificios abandonados. En una de sus peligrosas incursiones son testigos del asesinato de un conocido anticuario.
Dos años más tarde los jóvenes se encuentran de nuevo, y la anterior amistad (o algo más) que les unía, resurge. Kenya tiene miedo porque siempre se ha sentido amenazada y, para combatir la desazón, ha empleado el tiempo en realizar averiguaciones por su cuenta. Ahora que Roberto ha regresado al pueblo, son dos a proseguirlas.
El anticuario fallecido poseía un cuaderno con anotaciones. A través de él, y de un mensaje oculto que ha dejado al darse cuenta de que el avance en la investigación ponía en peligro su vida, consiguen a contactar con una persona que les hará comprender el significado de símbolos, arcanos y leyendas ancestrales mientras les ayuda en la búsqueda de aquello que el anticuario llegó a descubrir pero no tuvo tiempo de poseer. Sin embargo, no deberán olvidar que la mano asesina, nunca fue descubierta.
(Fragmento)
Casi en una caricia, pasó la mano por el cuaderno con tapas de cuero que aguardaba sobre el escritorio a que lo confinaran de nuevo en algún cajón. Aquella libreta ya no sería abierta por su dueño, dormiría en el recuerdo hasta que alguien, una vez fuera del mundo su hermana, considerara que no merecía la pena desperdiciar el sitio que ocupaba. El final de aquel cuaderno que había llenado las horas de asueto de Gregorio Ferrando en vida, sería el olvido. El destino fatal de cuanto existe.
Entre sus páginas se adivinaba mucho tiempo de estudio, de discernimiento. Cualquiera, desconocedor de la verdadera utilidad del cuaderno, lo hubiera tomado por apuntes a vuelapluma para un trabajo sesudo, serio, documentado, cuando no iba más allá de un simple entretenimiento. Hojeó el volumen y, al abanicar las páginas dibujaron para él un mundo de sombras azules y rojas.
Unas veces, el color azul permanecía más tiempo en su retina, otras, era el rojo quien lo hacía, como en un juego de dibujos animados. Detuvo el movimiento y pasó las hojas una a una. El efecto visual se debía a que la primera página escrita en azul, proponía un enigma, que se resolvía en la consecutiva con tinta roja. Pero el siguiente juego empezaba en rojo y se resolvía en azul, el mismo color con que comenzaba el siguiente. Existía una secuencia de colores.
Roberto estuvo un rato avanzando y retrocediendo páginas en un intento, vano, de dar con el motivo. Tuvo que detenerse y observar varios juegos seguidos hasta descubrir la causa. Fue como una chispa lo que saltó en su cabeza haciendo que el rostro se le iluminara con una sonrisa. No la motivaba el descubrimiento mismo, que era una sencilla constatación, sino lo que de él se derivaba. Cerró el cuaderno sujetándolo contra sí. Los planteamientos y las deducciones volaban en su cerebro. Era lógico; tenía sentido.
-¿Por qué no vuelves a la mesa? Nos has asustado; pensábamos que te había ocurrido algo -Kenya, desde la puerta, le observaba preocupada.
-Algo, sí. Adela se va a encantar con esto.
-No me digas que has descifrado el mensaje de la lápida.
-Casi mejor. He descubierto quién lo sabe leer.
La Oca es algo más que un juego de mesa. En El cementerio de las estrellas, vas a descubrir su secreto.