Frío de muerte
(Novela Negra)

       Durante los últimos años de reinado de Isabel II, a la degradación de la monarquía se une la corrupción política y militar.
En ese clima sociopolítico, Madrid se despierta con el hallazgp de un cuerpo infantil salvajemente mutilado. No es el primer caso, pero a nadie parece importarle un cadáver sin nombre ni apellidos. A nadie excepto a Isaac Arribas, comisario de barrio inerme ante el horror de una España en descomposición.
Arribas no cree en símbolos ni partidos y la experiencia adquirida con su profesión le hace vivir sumido en el desaliento.
Junto con la sombra de Larra, por las páginas de esta palpitante novela transita el lado más oscuro y humano de personajes históricos que la tradición suele relegar al olvido.
Manuel Nonídez ha ganado el XIII Premio García Pavón de Novela Policíaca con esta obra que pone al descubierto las miserias de una época donde la política se alía con otros poderes para sojuzgar con mano de hierro a un pueblo sometido a la privación y la injusticia. Al tiempo que construye un relato negro apasionante, que indaga en la resolución de los crímenes hasta sus últimas consecuencias, describe con documentada minuciosidad aspectos del siglo XIX que reflejan un entorno dominado por el oscurantismo y los cenáculos secretos que atenazan a la sociedad con frío de muerte.
                                                       (Cuarta de cubierta)

© Manuel Nonídez, 2006-2012
(Fragmento)

       -Poca autopsia resta por hacerle… -El forense desvió la atención hacia el policía que consultaba un pesado reloj de plata. El tacto parecía despertarle una sensación cálida en los dedos. "De tus padres, 1837", llevaba inscrito en su cara interna. El año que Arribas había ingresado en el Cuerpo de Protección y Seguridad Pública. El mismo que su amigo Larra se volaba la tapa de los sesos. Un par de horas más, y el alba dejaría de ser una promesa-. Eviscerada; le extrajeron desde el esófago al útero… Antes la desangraron. Animales… -El médico terminaba de erguirse y dirigía la luz de petróleo hacia el cigarro que ardía enfrente hurtando, a caladas, el rostro del comisario a la penumbra-. Lo único seguro es que la chica no llegó aquí dándose un garbeo. -El galeno, con sutileza discutible, venía sugiriéndole que empezara a justificar el sueldo.
       Isaac Arribas Cibat, propio del Avapiés, confirmó sobre los aleros circundantes lo que indicaba el reloj. Lejana, la esquila menor de San Francisco el Grande sonaba para corroborarlo.
       -Busquen al sereno. Para esta calle acaban de tocar al Ángelus.
Repartió instrucciones entre el refuerzo llegado de la celaduría que comenzó por aporrear chiscones y portales. "Pónganme a recaudo a todo aquel que no atine a justificar las últimas cuatro o cinco horas, y grillos al que vean que trata de escurrir el bulto", dijo, "en medio de la verbena que se va a formar".
       -Déjenos su linterna -ordenó al último subalterno antes de verlo desaparecer. Como en prematuro velorio, la luz se sumó a las que alumbraban el cuerpo infantil y rígido que yacía en la calle. En medio de un escalofrío, el forense se ajustó el echarpe bajo la capa antes de señalar la cabeza rapada del cadáver.
       -Observe -trató de girarle el rostro para evidenciar la enorme boca de labios blanquecinos que mostraba bajo el mentón-. No tuvo tiempo de sufrir. Si repara en las señales de los tobillos, verá que la colgaron como a una res para sangrarla antes de hacerla sardina.
       Sobre ellos, el reverbero de aceite pareció estremecerse con la convicción del médico, aunque se recuperó de inmediato para continuar pregonando el mensaje del cristal: "Bastero, 63". Los canalones semejaban flecos de mantón almidonados de hielo al socaire del viento que llegaba desde Guadarrama. El invierno madrileño siempre fue crudo, pero los primeros meses de 1866 se estaban mostrando inclementes.
       -¿Esas marcas? -El comisario se interesaba por otras, triangulares, en la parte descubierta del antebrazo infantil.
       -Quemaduras, imagino. Se lo confirmaré cuando las examine. -El forense encendió un cigarro tras ofrecer la petaca a su acompañante. El comisario lo había desestimado mostrando los dedos donde sujetaba la colilla del suyo para incluirlos en la reflexión: "Tan sólo era una niña...", antes de negar con el gesto-. Le reitero que no tardó en morir, si le consuela.
       -¿Qué hicieron con ella antes de…? -Arribas mostraba un interés tan concreto que provocó el carraspeo del galeno.
       Por lo alto de la calle se escuchaban las protestas de los vecinos sacados del sueño sin miramiento. El llanto de las criaturas servía de alarma para un bullicio que, de casa en casa, trepaba escaleras como aceite en la mecha. Velones y candiles comenzaron a prenderse en las ventanas. El comisario envió un par de hombres a la confluencia con Carnero con órdenes de retener a cualquiera que bajara por allí.
       -Cómo quiere que lo sepa, me falta materia de trabajo. -El médico se refería al abdomen hueco de la muchacha-. Diez años, doce a lo sumo. No sabría decirle si menstruaba, ni si la violentaron antes de meterla en el saco de arpillera.
       -En algún sitio andará lo que falta -objetó Arribas poco menos que para sí.
       -Enterrado, o comido por los cerdos, quién sabe. -El forense daba señales de retirada. Su labor continuaría sobre la mesa de disección.
       -Existen alternativas.
       -Usted sabrá; es su trabajo. El mío aquí ya sirve de poco.
       -Le quedo en deuda.
       -Me pagan por esto, Arribas. Un puñetero oficio con nada que envidiar al suyo. Mejor el de juez, sin duda, que vino, echó una visual, y salió pitando en busca de la chubesqui.
       Forense y comisario se estrecharon la mano. El médico, con firmeza, el policía, con cierta prevención. Libre ya de su presencia, se frotó los dedos como si le costara desprenderse de la sensación mortecina que dejaba el contacto.
       Los ojos entreabiertos, vacuos, de la degollada le observaban desde su mortaja de tejido basto. No había en el rostro placidez alguna y las comisuras de los labios se precipitaban al abismo interior. Aun amordazada, la chiquilla gritaría suspendida en el aire. El médico estaba en un error: no había abandonado el mundo de manera fácil.

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Frío de muerte se presentó a concurso con Perro de ley como título provisional.