Tres palmos de cuerda blanca
(Novela negra)

       Un automóvil sigue a Leo desde la puerta de la cárcel.
       Cuando cree estar recobrando la libertad, retornan viejos fantasmas que, lejos de diluirse en la espera, permanecían al acecho.
       A partir de ahí sólo podía desear otra cosa: "Que me dejen en paz..."
       El barrio, los antiguos colegas..., demasiados adversarios para un hombre solo si, además, con ellos se alía la trama oculta que lo encerró en prisión e hizo desaparecer a su amigo.
       Pero en ocasiones descubrir la verdad es peor que ignorarla.
       ¿Quién puede burlar a la muerte cuando todos los caminos conducen a ella?

© Manuel Nonídez, 2006
(Fragmentos)

            El local de los juegos recreativos apagaba una a una sus fanfarrias musicales. Mientras, un rezagado tocaba insistentemente sobre el cristal de la tienda de comida precocinada que lucía el cartel de cerrado en busca de su cena después del día de trabajo. Al fondo, la cruz verde de una farmacia destellaba su aviso de esperanza y, junto a ella, un grupo de muchachos buscaba la forma de reventar el cajetín blindado del teléfono público.
             Aquél era el barrio donde había nacido veintiún años atrás; el que añorara tantas noches desde su encierro.
             Una mierda de barrio, masculló entre dientes a la vez que engatillaba los dedos para enviar la colilla a surcar los mares de un charco lejano.



             Pisó el acelerador obligando a los peatones, que en ese momento iniciaban el cruce, a detenerse asustados y amenazar al loco que casi les lleva por delante.
             Marcha atrás pudo regresar a la vía principal de la que se había desviado, y dos bocacalles más abajo encontró el camino libre que le llevaría a la carretera de circunvalación. Por ella se lanzó rompiendo cualquier límite de velocidad impuesto por las señales de tráfico y la prudencia.
             -... La escalera es muy estrecha. Cuando vienen a esta casa, los empleados de los servicios funerarios deben de pasarlo mal para realizar su trabajo...
             -Escucha, escucha -el joven trataba de ganar tiempo como fuese-, no te conozco. Deja a mi familia en paz. Habla conmigo; sea cual sea el trato, llegaremos a un acuerdo.
            -¿Acuerdo? Ya no hay tiempo para eso. Hace rato que se nos acabó la paciencia.
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