A QUEMARROPA ( 12 julio de 2007)

© Manuel Nonídez, 2006

(Periódico completo en pdf)
       A continuación (y para que vean que esto es una rueda que  no para), se fue Ángel de la Calle y se quedó Pepa Terrón para celebrar por todo lo alto la puesta de largo de la segunda novela de Manuel Nonídez, autor que un servidor desconocía por completo y que ahora tiene en las librerías En el nombre de los hombres, continuación de una saga que ya empezó con El perfume del diablo y que continuará el próximo octubre con Mortuus liber.
       Me interesa hablar de lo sobrenatural, explicó su autor -que se declaró un gran enamorado de su ciudad, Madrid, y de las leyendas que esconden cada uno de sus rincones-, pero siempre desde la perspectiva de evidenciar la irrealidad de ciertas cosas que quieren vendernos como reales.
      El escritor no se mostró demasiado entusiasta de las presentaciones (lo peor que puede hacer un autor es tratar de vender su libro, porque es una artimaña que generalemente no funciona). Por si acaso, dejemos claro que en la solapa de su última creación especifica que leer es mi extravío y escribir mi placer permitido. Y, además, a partir de ahora contará con la participación entusiasta de Pepa Terrón, que le ayudará con la documentación para un próximo libro que tendrá mucho que ver con un tétrico caso de la mano cortada acaecido en la capital de las Españas.
(Reseña aparecida en A QUEMARROPA, el diario de la Feria)

EL COMERCIO (10 julio de 2007)
(fragmento)
       Onda expansiva
       En el setenta y uno ya conocía a Paul Éluard, (Eugène Grindel en las credenciales), al menos una parte ínfima de su obra.
       El comunismo permanecía vivo, pulsante, y en clandestinidad, y sus poemas eran casi fruta prohibida. Por eso, encontrar su nombre citado en un libro impreso en España. "Hay otros mundos, pero están en este", causaba cierta sorpresa. Todo se aclaraba al leer en los créditos que Plaza & Janés había negociado los derechos de "El retorno de los brujos" con las suiza Ferenczy Verlag para su colección "Otros mundos".
       Hoy, óptica de la edad por medio, la obra de Pauwels y Bergier se deshace, ingenua, en las manos, pero con diecisite años y las hormonas en pleno proceso de evolución y crecimiento, me resultó un libro revelador, iniciático, un viaje alrededor del mundo, sin ensuciarse los zapatos. El síndrome del viajero quieto.
       Lector compulsivo, para el verano del setenta y uno, London, Lovecraft, Bierce, Stevenson, Verne, Poe y otros tantos, aguardaban en las estanterías pacientes relecturas posteriores. Los clasicos nacionales  e italianos eran viejos conocidos de bachillerato, y ya había matado al ruiseños a sangre fría cuando "El villorrio" de Faulkner, en la "Colección Reno", de Caralt, editor, hacía tiempo que se travestía de "El largo y cálido verano" en la gran pantalla. Buscaba entonces, sin saberlo pienso, nuevos autores y nuevas novelas, cuando un universo pleno de ellas me cayó al lado, y lo que era mejor: aún sin escribir.
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